Un enemigo de Hitler de 106 años

Reportero: 
Redacción

**El escritor esloveno Boris Pahor, que nació en 1913, es el último gran superviviente de los campos de exterminio nazis

España, 22 Ago-19 (Agencia).- Miren al viejecito de esta información. La imagen es de junio del 2010, cuando estaba a punto de cumplir 97 años. Bajito, miope y con brazos que parecían las ramas secas de un olivo. No se engañen. Detrás de ese aspecto frágil se ocultaba y se oculta un hombre de una fuerza ciclópea. Boris Pahor nació en 1913 en Trieste, cuando esta ciudad italiana pertenecía al imperio austrohúngaro.

El próximo lunes cumplirá 106 años.

Han leído bien: 106 años.

Víctima de la barbarie nazi y superviviente de los campos de exterminio, Boris Pahor es un ejemplo insólito de longevidad literaria, activismo político y autoridad moral y humanista. Su vasta obra es un alegato contra los totalitarismos y un canto a la libertad.

El cronista tuvo la fortuna de conocerlo a raíz de su última visita a Barcelona, hace nueve años. Fue en el Instituto Italiano de Cultura, donde la editorial Anagrama presentó la traducción al castellano que Barbara Pregelj realizó de su obra cumbre,Necrópolis , de la que ya existía una versión en catalán de Simona Skabec y el sello Pagès Editors.

En el 2016, antes de que cumpliera los 103 años, se volvió a hablar mucho de él en España a raíz de la atención que le dedicó el Atlàntida Film Fest. Este festival de cine independiente y online le hizo justicia y destacó que estamos ante un ejemplo viviente de integridad moral y uno de los humanistas más importantes de Europa.

Un año antes de que viajara a la capital catalana, el escritor había sufrido un devastador golpe anímico: el fallecimiento de su esposa,Rada Premerl. Por aquel entonces su cuerpo encorvado ya recordaba a esas cañas a las que el viento dobla y dobla, pero que nunca logra arrancar. Viajó desde Italia en avión, junto a su hijo, pero llegó a la cita solo, caminando desde el hotel.

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó al cronista para dedicarle su libro. El interpelado se lo dijo dos veces y, como creyó que era duro de oído y que no le entendía, cometió la torpeza de italianizar su nombre. “Domenico”. El culto, paciente y políglota Boris Pahor le aleccionó entonces con una sonrisa tan luminosa como su mirada: “Por favor, jamás renuncies a tus orígenes, a tu lengua y a tu nombre”.

Sabía muy bien de qué hablaba. Boris Pahor fue doblemente perseguido. Por Mussolini y por Hitler. El primero, por su pertenencia a la minoría eslovena de Trieste; el segundo, por su militancia antifascista. Tras la caída del Duce, se enroló en el movimiento de los partisanos yugoslavos, pero en 1944 fue delatado y detenido por la Gestapo, que lo envió al campo de trabajo de Natzweiler-Struthof, en Alsacia. También estuvo en Dachau y Dora, en Alemania.

Estaba condenado a ser otro hombre cebra. Vestiría el indigno pijama a rayas y trabajaría hasta que reventase, cuando otro desgraciado heredaría su puesto y su uniforme. Pero ocurrió lo impensable. No pudieron con él. Sobrevivió a la esclavitud, el agotamiento, las humillaciones, las palizas, el frío y el hambre.

Fue un esqueleto andante, que salía de noche disparado hacia las letrinas, devorado por la disentería, con un dedo en el ano para no dejar un reguero de heces. Vio las cenizas que volaban de la chimenea del horno crematorio, al que definió con metáforas duras como el hierro. “Una ballena metálica”, “una herrería de la muerte”, “una esfinge férrea”... Resistió para enseñarnos a no sembrar la semilla de la barbarie.

El estilo de Boris Pahor es duro y nada complaciente. Nunca se ha perdonado, por ejemplo, el olvido de Zora Perello, “la Ana Frank eslovena”, que murió en el campo de Ravensbrück y de cuyo silenciado sacrificio se siente corresponsable: “No ha pasado a la posteridad como merecería por el alma mezquina de nuestro pueblo”.

En 1945, cuando se recuperaba de la tuberculosis que le regaló el nazismo, asistió en Francia a una exposición fotográfica sobre la liberación de los campos. Dos parisinas, hastiadas de tanto horror, se fueron apresuradamente. “Todo esto ya cansa”, dijeron.Y era sólo 1945.

Por eso escribió Necrópolis, un título capital de la literatura del Holocausto, a la altura de autores ya desaparecidos como Jorge Semprún, Imre Kertész, Primo Levi, André Ragot o Robert Antelme. Hay libros magníficos y libros magníficos que cambian a los lectores. A esta categoría pertenece Necrópolis. Lo publicó en 1966, en esloveno (“jamás renuncies a tus orígenes y a tu lengua”).

La obra permaneció en la penumbra más de 20 años, hasta que la descubrió el mercado italiano y llegaron las traducciones internacionales. Boris Pahor, el último gran resistente, ya no camina, ni siquiera con un andador, como hasta hace poco. Pero su lección tiene más fuerza que nunca.

“No hemos aprendido nada de la experiencia del siglo XX y seguimos viendo con indiferencia cosas tan terribles como aquellas”, denuncia ante las nuevas injusticias. Sus apariciones públicas son cada vez más infrecuentes. Cuando sale, va en silla de ruedas. Es posible que usted no haya oído nunca su nombre. O que jamás lea sus libros. Pero si todos nosotros estamos aquí es en parte a gracias a hombres y mujeres tan valientes y fuertes como él.

“No hemos aprendido nada de la experiencia del siglo XX y seguimos viendo con indiferencia cosas tan terribles como aquellas”

BORIS PAHOR (Autor de ‘Necrópolis’)

Categorías: