Argentina: la crisis que no cesa

Reportero: 
El Pais

Buenos Aires, Arg., 2 Jun-19 (VRed/ElPais.es).- El Banco Mundial publicó hace un par de semanas un informe demoledor titulado Hacia el fin de las crisis en Argentina. En él se establece que los argentinos han sufrido 15 recesiones desde 1950.
De esos 69 años, 23 registraron crecimiento negativo. El único país con peor registro es la República del Congo, un Estado fallido que lleva décadas en guerra civil intermitente.

El Banco Mundial no se pierde en fórmulas amables: “Una de las principales explicaciones del magro desempeño macroeconómico de Argentina es su tendencia a llevar un nivel de vida fuera de su alcance, lo cual impulsa endógenamente sus ciclos de auges y crisis”.

Más: “Esta tendencia a gastar por encima de las posibilidades es aún mayor durante las expansiones, con políticas procíclicas que llevan a que el consumo y las inversiones (tanto públicas como privadas) crezcan a un ritmo mayor que los ingresos”.

Divisa volátil
¿El resultado? Una elevada inflación crónica, punteada por ocasionales episodios de hiperinflación y de deflación, y una moneda extremadamente débil.

El peso fue la divisa que más se devaluó frente al dólar en 2018. Perdió la mitad de su valor. Con perspectiva histórica, eso parece casi normal.

Desde su creación, en 1881, el peso ha perdido 13 ceros frente al dólar. Su valor actual, en términos constantes, supone más o menos una billonésima parte del que tenía 140 años atrás.

El segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner tuvo que encajar una pésima coyuntura internacional, marcada por la gran crisis iniciada en 2008.

Su reacción fue típicamente peronista: protegió la industria nacional con aranceles y hacia el final de su presidencia tuvo que apuntalar el peso con el llamado “cepo”, un mecanismo que limitaba de forma severa la compra de dólares.

En su libro El ciclo de la ilusión y el desencanto, que repasa las pendulares políticas económicas entre 1881 y 2015, los profesores Pablo Gerchunoff y Lucas Llach concluyen que “el kirchnerismo consiguió llegar a su final sin una explosión crítica como las de los dos grandes desencantos anteriores: la hiperinflación de 1989 y la crisis de 2001.

Pero dejaba a sus sucesores una economía que requería correcciones urgentes para evitar esa crisis y salir de un estancamiento que ya llevaba cuatro años largos”.

El sucesor, Mauricio Macri, pecó de arrogancia. Aseguró que acabar con la inflación iba a ser tarea fácil. Con Macri llegó al poder la oligarquía argentina, empeñada en hacer del país “un país normal”.

Su gurú electoral, el consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba, el hombre que pronosticó la victoria de Donald Trump antes que nadie, insistió una y otra vez en que Macri no debía rodearse de políticos tradicionales.

Macri eligió rodearse de ejecutivos del sector privado y antiguos compañeros de su colegio, el selectísimo Newman de Buenos Aires.

A uno de ellos, Alfonso Prat-Gay, vástago de una familia terrateniente de Tucumán, le correspondió el delicado Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas. Prat-Gay, hasta cierto punto “político tradicional” porque había sido diputado radical y gobernador del banco central con el kirchnerismo, apostó por un ajuste gradual.

Durán Barba y su mejor alumno, el jefe de gabinete (primer ministro) Marcos Peña, partidarios de una rápida revolución política y económica, le detestaron desde el primer momento.

UNA EXPOSICIÓN LIMITADA
Un nutrido grupo de empresas españolas tiene negocios en Argentina. Sin embargo, solo para firmas como Dia, Codere o Prosegur el país sudamericano es uno de los principales motores de sus ingresos.

Entre los grandes de la Bolsa, los que más exposición tienen a esta economía son Telefónica, Santander, BBVA, Naturgy y Mapfre, pero el peso de esta economía para ninguno de ellos va más allá del 6% de los ingresos.

“La relación económica entre España y Argentina es limitada: Argentina apenas supone un 1% del total del comercio exterior español”, recuerda Nereida González, de Afi. Juan Ruiz, economista jefe de BBVA para Latinoamérica, confía en que en los próximos trimestres el PIB local se recupere:
“El préstamo del FMI eliminó la incertidumbre sobre la financiación pública y permite hacer los ajustes de forma ordenada”.

Prat-Gay desmontó el “cepo” cambiario sin demasiado estropicio (la devaluación automática fue de 10 a 14 pesos por dólar) y elaboró un primer presupuesto con recortes relativamente moderados. El déficit presupuestario fue del 3,9% del PIB en 2017, frente a un objetivo del 4,2%, y eso fue saludado casi como una hazaña: el gasto público se había rebajado por primera vez desde 2004, al comienzo del kirchnerismo.

Pero Prat-Gay duró apenas un año. Fue reemplazado por Nicolás Dujovne, un economista más dispuesto a “trabajar en equipo”, es decir, a obedecer a Marcos Peña, el ejecutor implacable de Mauricio Macri.

Como la inflación heredada de Cristina Fernández de Kirchner rondaba el 25% (no existían estadísticas fiables) y cubrir el déficit imprimiendo papel moneda habría estimulado la tendencia inflacionista, Macri decidió pedir prestado.

En el libro Macri, la historia íntima y secreta de la élite argentina que llegó al poder, la periodista Laura di Marco cita una frase del presidente, pronunciada en 2017: “A modo de evaluación, sigo pensando que fue un tremendo éxito haber evitado la crisis terminal. Sobre todo cuando lo miro en términos de cuánta plata tomamos prestada. Tomamos 47.000, casi 48.000 millones de dólares para pagar todos los vencimientos y desastres que habían dejado estos tipos, con un país quebrado atrás. Entonces digo, a la pelota, qué éxito. Si vos vas al banco en cesación de pagos, sin un mango de reservas, quebrado, y el banco, a pesar de que no le pagaste, te vuelve a prestar 47.000 millones más, es un éxito descomunal”
.
Qué tiempos aquellos, los del “éxito descomunal”. En 2017, segundo año del mandato de Macri, Argentina ya mostraba un cuadro macroeconómico alarmante: sus déficits fiscal, comercial y por cuenta corriente estaban entre los más elevados del mundo y el peso, en flotación, no dejaba de devaluarse mientras aumentaba la deuda externa.

La catástrofe llegó en abril de 2018, aunque, según admitió a este diario un alto cargo de la Casa Rosada, desde enero el Gobierno era consciente de que la economía iba a despeñarse. Una “corrida cambiaria” en abril y otra en agosto pulverizaron el peso y dispararon la inflación. Hubo que recurrir, de nuevo, al Fondo Monetario Internacional (FMI), que en septiembre concedió a Argentina el mayor préstamo de su historia: 57.000 millones de dólares.

Emisión de deuda
Las cifras son crudas: entre diciembre de 2015, cuando Macri llegó al poder, y 2018, cuando la economía fue intervenida por el FMI, Argentina había sido el mayor emisor mundial de deuda en términos absolutos y había acumulado créditos por casi 143.000 millones de dólares, más de la mitad de los cuales se fugaron al exterior.

Bajo las condiciones impuestas por el FMI, hubo que olvidar el gradualismo e imponer unos recortes brutales que condujeron a la enésima recesión.

Contra toda lógica económica, la caída de la actividad no frenó la inflación. Ocurrió lo contrario. Hoy, a menos de cinco meses para las elecciones generales, la inflación acumulada durante el mandato de Mauricio Macri supera el 260% y el peso se ha devaluado un 360% frente al dólar. La construcción, el comercio y la industria, que representan casi la mitad del empleo argentino, han sufrido una caída de actividad cercana al 40% durante los ya once meses de recesión.

El poder adquisitivo de los salarios ha bajado casi un 20%. Durán-Barba, el gurú ecuatoriano de Macri, reconoció esta semana al diario brasileño O Globo las dificultades para que el presidente consiga la reelección: “Si la economía estuviese bien, ganaríamos en la primera vuelta con el 60% de los votos. El Gobierno hizo mucho, hizo caminos, obras gigantescas, pero falló en la economía. Pensé que caminaría bien”. Eso mismo pensaron muchos y ahora se sienten defraudados.

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